31 oct. 2007

Manos sucias

Cada vez que el puño social se despedaza, la pluma se atora. Me repugna que algunos se regocijen automatizando nuestras mentes. Es más que una lástima que digan cualquier cosa sobre la libertad. Mis ojos en la neblina no se percatan del hilo finísimo que ata al hombre a su condena. Siempre tengo que sacudir un poco al viento para notar nuestra desprotección. El tormento seguirá siendo eterno porque hay en la esencia humana un pedacito corrompido. Y con eso basta para enumerar los hechos que fulminan cada día al sueño. Intento en la poesía una función distinta, algo que espante al dolor un rato de la memoria. Como un juego de cartas, las trampas del sistema muestran el truco/retruco-hártense. Te ofrecen todo, todo lo que no podés comprar.
Cada vez que una bala choca otra piel, me doy vuelta porque sangro también. Como la poesía, que se cansó de recibir golpes, que se ahoga con nuestras palabras asesinas, con las palabras del poder, que hieren, que odian, que resaltan la hipocrecía. La violencia es un fenómeno más en la desdicha humana, es otra de las formas de desintegración y asfixie. Las culturas lloran en voz baja, ocultándose bajo los árboles podridos en la bruma.

Vivimos en la neblina por así decirlo.

Hay una ebullición cotidiana, tan normal que ya no hace eco. Te compran, si es que no te vendieron. A dónde irá a parar el cuerpo, no sé. El capitalismo se tornó una burbuja increiblemente elástica, en nuestra perdición está su energía. El mundo (el fiero callejón oxidado) no es retornable. La guerra, el hambre y la miseria son estables. No son noticia ni producen asombro.

Si el molde está partido, lo que vendrá no es un futuro encantador.